Sr. Pera jueves, 8 de abril de 2010

Seamos honestos: Ha llegado a mis manos hace poco un pequeño deportivo de hace 20 años, que estamos retocando para que vuelva a su estado de plenitud, y del que pronto os ofreceremos una prueba en condiciones. El hecho de empezar a utilizarlo y darlo a conocer a los que me rodean, ha llenado mi cabeza de sensaciones nuevas, y reflexiones en las que no me había parado antes.


Un Mazda MX-5 Miata de 1990, con sus 115cv y su tracción trasera, así visto, se queda en un "coche simpático". Pero uno empieza a leer sobre el coche, a meterse en materia, y recopilar información de los expertos sobre este mito, y la cosa empieza a cambiar. El coche realmente no tiene prestaciones que impresionen a nadie, ni un comportamiento radical, pero tiene algo que ya no se encuentra en el mercado.

Y es que hablando del tema con uno de mis competidores en la materia, me remarcó la importancia de mantener el purismo en algunas cosas. Estuvimos comparando fotos del Ferrari 355 con el 612, de los Honda NSX con los nuevos Nissan GTR, y así con muchos ejemplos, en que sólo la estampa revelaba mucho: Unos son más modernos, más punteros y más rápidos, pero más grandotes, más pesados, más tecnológicos y más abultados, mientras que los antiguos suelen ser más bajos, más ligeros, más radicales, y en definitiva, más auténticos.

Y entonces empiezas a rumiar estas cosas. Y te planteas el Miata desde otro punto de vista. Y es cuando las incomodidades se convierten en detalles de estilo, los elevalunas manuales cobran un encanto propio, los retrovisores prehistóricos empiezan a tener su puntillo, y el sonido bronco y rugoso del escape te va provocando adicción. Te metes en las curvas a la misma velocidad que lo haría un utilitario deportivo o cualquier berlina un poco digna, pero dentro de la cabina es otro mundo, y tu pelea con el volante, las inercias y los ruidos te provoca una sonrisa malévola. La palanca de cambios es corta y directa, la mueves con brazo de hierro y te recompensa con un "clack" nítido que suele preceder a un pequeño movimiento del eje trasero.

Un abanico de sensaciones nuevas que antes ni te imaginabas, encerradas en un coche que no corre más que los demás, pero que está pensado para disfrutar desde que giras la llave y notas el coche "cabecear" con el primer tirón del motor. Un mundo prohibido a los deportivos actuales, que buscan convencer a un público cómodo, con grandes pesos, enormes motores y complejas electrónicas. Todo ese despliegue casi siempre en busca de un comportamiento que imite al que antes describíamos. Es como gastarse miles de euros en disfrazarse de hombre desnudo.


No quiero anticipar mucho más la prueba del coche en sí, ya hablaremos mejor de él y de su concepto "Jimba Ittai", pero desde luego Mazda, en un intento de imitar a los pequeños deportivos ingleses de los 60 (véase MG B, Triumph, y descaradamente Lotus Elan), consiguió un icono que casi toda la prensa internacional acogió con enormes elogios. Una fórmula que resulta insultantemente sencilla, y que lejos de caer en un nicho de ventas ínfimo, ha sido el descapotable más vendido de la historia. Y todo eso, sólo por reducir el deportivo a su expresión más simple, no tiene más, ni un diseño rompedor, ni una mecánica brillante, ni nada. Solo diversión. Como si guardamos la Xbox y nos ponemos a jugar a las chapas con los amigos.

¿Volveremos a ver en los concesionarios coches así?