Sr. Pera miércoles, 17 de junio de 2009

En una cultura como ésta de los últimos 20 años, en que la mejor propiedad que puede remarcar un anuciante para vender su producto, es que ayuda a perder peso, la obsesión dietética no calaba en el sector de la automoción (generalista), hasta ahora.


Ya hablamos hace poco acerca de los beneficios que suponen para un coche el perder peso. Básicamente y muy por encima, si el motor y los elementos mecánicos del coche tienen que tirar de menos peso, lo harán con mayor efectividad y menor desgaste: Frena mejor, acelera mejor y más rápido, consume menos gasolina, sufre menos el motor (mayor fiabilidad), se desgastan menos los frenos, el embrague, las transmisiones y además contamina menos.



Aprovecho para desmentir el mito de que "con mayor peso el coche es más estable, y un coche ligero pero potente es una tumba con ruedas", porque es radicalmente falso. Un coche ligero cuando traza una curva lo hace con menor fuerza centrífuga que le tira para el exterior de la curva, haciendo la suspensión y los neumáticos trabajar con mayor esfuerzo para sujetar el coche a la pista.


Y de todo esto parecen haberse dado cuenta ahora los fabricantes generalistas. Algo que era el lema de Colin Chapman hace ahora más de 50 años, empieza a cobrar sentido. Audi empieza a sustituir sus motores V8 por más ligeros y sofisticados V6 sobrealimentados (empezando por el nuevo S4), y BMW anuncia que piensa sustituir sus V8 también por los nuevos 6 cilindros en línea twin turbo. Mercedes-Benz comunicaba el año pasado que iba a parar con los aumentos de potencia en sus "topes de gama" para invertir en notables reducciones de peso que reporten mayores beneficios que la mera subida de caballos y peso de forma gratuíta.


Haced la prueba: Una misma mañana de domingo comparais la conducción que os ofrece el nuevo todo-terreno de lujo de un conocido vuestro, y a continuación haceis el mismo recorrido con un viejo cochecillo de siempre (un Golf de los 80, un Suzuki Swift, un Clio de los 90, etc.), y comprobaréis asombrados que vuestra primera reacción al comenzar la marcha es infalible: Una sonrisa.


¡Vivan las dietas!

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